Las dos orillas

 

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Las dos orillas

“Ah, si me vuelvo

ese pasante ya

no es sino bruma.”

Misoaka Shiki.

En la otra orilla, el tiempo se ha detenido, las paredes de los árboles no dejan ojear el horizonte. Sólo se sabe que en la otra orilla está sentada una dama con un sombrero rojo. No saben nada de ella, sólo que la esperan.

Pasan días y todavía esperan su llegada, piensa, la dama con sombrero rojo, mirando la otra orilla, tomando el olvido de un sólo sorbo de su tormenta. Repasa la carta, donde la invitan a la otra orilla. Pero cómo le llego. Recuerda al joven con parecidos ojos, haciendo una cruz entre el horizonte y el espacio cuando se la entregó, esperando que la leyese, luego con un gesto tendió la mano hacia delante y para que lo acompañase; se excusó, con -aún no-.

La calle en su anchura hasta se puede saltar. Pero, falta algo, nadie sabe qué es, igual, la mujer está allí, sentada, tratando de atenuarse a los de la otra orilla que ellos, no recuerdan nada; por eso está del otro lado.

Nublado evoca el parecido, no resucitan su inseparable sombrero rojo, ella, la madre, es la recién llegada siendo pariente de las dos orillas. Y se pregunta por qué el olvido como un relámpago ajeno cayó sobre la media orilla donde se encuentra.

 

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