De trazo para otro mañana || Milagro Haack

Revista Primera Página

Ilustración de Aimeé Cervantes

A mi abuela Ana Teresa Borges Paz

XVI

Miro el abrazo
del humo que danza por la casa
como llevando mis pensamientos a todo
lo que anudo con íntima mirada
mientras el sol
cae sobre mi espalda

gira el repaso
un silencio redondo entra por los huesos

pienso en los de afuera
los queestán lejos y aún tocan la puerta
del frío café
sobre la mesa preñada de velas

roza mis labios
continúa su bailoteo hasta volverse
reflejo entre mis dedos
la niebla de tu montaña

ceniza que no abraza
el
cerrojo de dios


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XI

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el afecto

se escucha entre sus aguas

 

alabando

la cáscara del relámpago

 

el vuelo

por lo alto su noche

 

 

 

Milagro Haack – Inéditos

Foto Catherine Haack

 

Por encima del hombro

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The Invention of Life by Rene Magritte

 

 

Por encima del hombro

 

 

“Morir

Es un arte, como cualquier otra cosa.

Yo lo hago excepcionalmente bien”

Sylvia Plath

 

 

 

 

Abrazó una moneda, la lanzo al aire, la dejó en mi mano mirándome a los ojos. Es tu turno, dijo riendo, aquel personaje en atrevida visita.

Sentí un escalofrío, escuchando el canto repetitivo del cristofué con una leve distancia entre nosotros, le espanté con este último vistazo del día. Era la primera vez que la sentía sola en muchos años dándole aliento cuando estoy ojeando del ilusorio espejo, esa no espera.

Afuera, un reflejo se disipaba en la compuerta de la carroza, con un color muy gris en la piel. La vestimenta era diferente a mi gusto, y sin zapatos. Otra mujer, auténticamente distinta a lo que soy: una mujer de edad, pero libre.

Después de mucho tiempo, pensé, si había algo distinto en esta mudanza. Me pregunté a quién encontraría. Sabía una sola cosa, que me habían encontrado de nuevo y está vez ni con un collar de oraciones escaparía. Dejé de andar por los rincones de la casa, ya no había una razón de peso para no dejar todo como estaba, mientras el canto seguía afuera y dentro del fingido espejo.

Ya estaba en otro día. Les confirmé a todos de irme a vivir al cementerio sin haber envejecido lo suficiente. Recelosa, no deje de mirar a la otra mujer -con su doblez espejo- por encima del hombro.

 

 

 

Milagro Haack

Del Libro Carta de pasar en silencio

Publicado en la  Revista Gealittera N° 24

 

 

Las dos orillas

 

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Las dos orillas

“Ah, si me vuelvo

ese pasante ya

no es sino bruma.”

Misoaka Shiki.

En la otra orilla, el tiempo se ha detenido, las paredes de los árboles no dejan ojear el horizonte. Sólo se sabe que en la otra orilla está sentada una dama con un sombrero rojo. No saben nada de ella, sólo que la esperan.

Pasan días y todavía esperan su llegada, piensa, la dama con sombrero rojo, mirando la otra orilla, tomando el olvido de un sólo sorbo de su tormenta. Repasa la carta, donde la invitan a la otra orilla. Pero cómo le llego. Recuerda al joven con parecidos ojos, haciendo una cruz entre el horizonte y el espacio cuando se la entregó, esperando que la leyese, luego con un gesto tendió la mano hacia delante y para que lo acompañase; se excusó, con -aún no-.

La calle en su anchura hasta se puede saltar. Pero, falta algo, nadie sabe qué es, igual, la mujer está allí, sentada, tratando de atenuarse a los de la otra orilla que ellos, no recuerdan nada; por eso está del otro lado.

Nublado evoca el parecido, no resucitan su inseparable sombrero rojo, ella, la madre, es la recién llegada siendo pariente de las dos orillas. Y se pregunta por qué el olvido como un relámpago ajeno cayó sobre la media orilla donde se encuentra.